Referéndum crónico.

Ni Narcos ni Juego de Tronos, en España triunfa el Referéndum Catalán, que ya va por la segunda temporada.

Lo bueno es que un@ puede irse de vacaciones todo un mes y reengancharse a la vuelta sin problema, porque aunque avance rápidamente (a capítulo por día aproximadamente), el guion es bastante predecible.

Hay que reconocer que la primera temporada irrumpió con fuerza, el intento de alterar la unidad de España y desafiar la constitución consiguió mantener a la audiencia despierta. Tanto era así que en los bares, en los pasillos de las instituciones públicas, en las colas de los baños e incluso en el parlamento, no se hablaba de otra cosa que no fuera “qué pasará… ¿ganarán los malos o los buenos?”

*Los malos y los buenos son reversibles, según con quién se empatice.

Pero lo cierto es que esta segunda entrega, aunque con más acción, ha perdido fuelle. La prohibición del referéndum ha bajado in situ, la libido de gran parte de los espectadores. Pese a que han intentado mantener el suspense con la entrada en escena de la Guardia Civil, hackeos y requisamiento de material altamente inflamable… no es lo mismo. Nos han destripado el final, un spoiler (que dirían los millennials) en toda regla.

Aún así, existe mucho romántico a la espera de ver un giro inesperado en una tercera entrega cargada de emoción. Quién sabe, la realidad siempre supera a la ficción. Además, ya hemos podido ver algún avance con el as que Puigdemont se guarda bajo la manga, por lo que la diversión está asegurada.

Todo apunta a que los directores de la saga seguirán entreteniendo al gran público por lo menos hasta bien entrado el 2018, siendo optimistas. Y es que se trata de un tema recurrente, que engancha, que crea adeptos, debate, enfrentamientos, ilusiones y desilusiones a partes desiguales, claro está. Como un Forocoches pero en la vida real, sin salvar las diferencias.

Poco importa que la fecha del juicio final sea el 1 de octubre, seguirá en el top 5 de asuntos nacionales por muchas semanas más. Tanto es así, que se podría decir que el referéndum catalán está ahí, como un adverbio de lugar, en el sitio que le corresponde, inamovible e inapelable. Listo para perdurar en el tiempo y dar guerra, como un dolor crónico en plena ebullición.
Pensándolo bien, puede que tengan razón los románticos, la tercera temporada promete.

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